«Mi vida no tiene más sentido que el dolor, esperar que alguien escuche, entienda y acabe con mi agonía».
A los 11 años, Inmaculada Echevarría fue diagnosticada con distrofia muscular. A los 41 tuvo que ingresar en una clínica para vivir conectada a un aparato de ventilación mecánica. Nueve años después, desesperada, solicitó públicamente la eutanasia, «una inyección que le parara el corazón».
«Asumo mi enfermedad, pero no los métodos artificiales para alargarla de manera inútil, aumentando el dolor y desesperación que ya sufría, y que esperaba se acabara con una muerte natural».
«Mi vida no tiene más sentido que el dolor, la angustia de ver que amanece un nuevo día para sufrir, espera que alguien escuche, entienda y acabe con mi agonía».
«Lo único que pido es la eutanasia. No es justo vivir así».
Con el asesoramiento de DMD y de acuerdo con la Ley de autonomía del paciente, reformuló su petición de ayuda a morir como un rechazo de tratamiento, renunciando a la máquina que la mantenía con vida.

Inmaculada Echevarría junto a Fernando Marín.
Se autorizó la retirada de la respiración mecánica, pero el centro donde vivía se negó por motivos ético-religiosos, por lo que tuvieron que trasladarla para morir a un hospital público de Granada.
El 14 de marzo de 2007 Inmaculada lograba ejercer su derecho a la muerte digna. Fue sedada y se le retiró, tal como deseaba, el respirador artificial como un acto de rechazo de tratamientos.
Su valiente actuación y decisión fue la semilla necesaria para que se elaborara la Ley de Muerte Digna andaluza (más información en la revista DMD núm. 54).
Lee aquí el obituario que publicó El Mundo, el 15 de marzo de 2007: Inmaculada Echevarría, una vida en una cama.
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