Negar el derecho a la eutanasia no es una posición neutral; es tomar partido, es decirle a alguien que, aunque no pueda más, tiene que seguir.
Hay cosas que no deberían decidirse desde un despacho ni desde un púlpito. Una de ellas es cuando una persona siente que ya no puede más. Hablamos muchas veces de la eutanasia como si fuese un concepto o un debate abstracto, pero no lo es. En Galicia, y en el resto de España, hay personas que llevan meses, años, conviviendo con enfermedades irreversibles, con dolores que no desaparecen y con una vida que dejó de parecerse a lo que entendemos por vivir. Y esto no son teorías, son personas con nombres y apellidos, y con derecho a morir dignamente y cuando ellas quieran, como está establecido en la vigente ley orgánica de reglamentación de la eutanasia.
En Galicia hubo 34 solicitudes de eutanasia en 2024, de las que solo 16 recibieron informe favorable. El resto quedaron por el camino, la mayor parte fallecieron. En España, uno de cada tres solicitantes de eutanasia murió esperando contestación. Hay quien habla de «defender la vida». Y nos parece bien. Pero, ¿de qué vida estamos hablando?; ¿de la que se sostiene a base de dolor constante, de la dependencia absoluta y del sufrimiento sin salida? Eso no es defender la vida, es alargar algo que muchas personas no quieren seguir viviendo.
Esto no es, o no debería ser, un debate ideológico. Es algo más básico, es libertad. La misma libertad que defendemos para vivir como queremos debería servir también para decidir cuando seguir deja de tener sentido. Porque aquí no hay imposición alguna, nadie está obligado a solicitar la eutanasia. Pero tampoco es aceptable que quien recurre a la ley de eutanasia reciba indiferencia o tenga que soportar presiones políticas, religiosas o incluso familiares, que no desea.
Una sociedad madura no obliga. Acompaña y respeta. Negar el derecho a la eutanasia no es una posición neutral, es tomar partido, es decirle a alguien que, aunque no pueda más, tiene que seguir.
Un liberal conservador como el escritor Carlos Alberto Montaner, que se trasladó a España para poder morir por eutanasia, dejó un testamento en el que dice lo siguiente: «He regresado en el ocaso de mi vida. Aquí cumplí 80 años. El último de mi existencia gracias a la ley de eutanasia. ¿Se quiere una mayor libertad que elegir el momento de la partida?».
Sobre el caso más mediático y reciente, el de la catalana Noelia, el médico y vicepresidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), Fernando Marín, señala que «solo tenemos una opción: atender su solicitud reiterada de ayuda para morir y acompañarla; la vida no es un cuento de hadas. No respetarla es de una crueldad inhumana«.
Antón García Ferreiro, periodista y secretario de Derecho a Morir Dignamente (DMD) Galicia.
Publicado en La Voz de Galicia (27 de marzo de 2026).
Imagen de wirestock (freepick).
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