Morir con dignidad más allá de la Ley de eutanasia

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Cada vez hay más personas que se plantean la opción de morir cuando llegan a una edad avanzada porque para ellas vivir no es solo existir.

Por JOAN DEL ALCÁZAR.

En el número 92 de esta revista se alentaba a los lectores a participar en y promover el debate sobre la muerte voluntaria en la vejez. El artículo llevaba el título ¿Qué es el suicidio por vida cumplida?, título que nos invita a reflexionar sobre cuál sería la manera idónea de llamar a esta forma de muerte voluntaria todavía no reconocida por la sociedad.

Cada vez hay más personas que se plantean la opción de morir porque para ellas vivir no es solo existir, respirar y que el corazón lata con regularidad. Son personas que no están dispuestas a renunciar a una serie de actividades satisfactorias que dan sentido a su vida. Procuran adaptar esas actividades a la edad que van alcanzando, pero llegan a un punto, una fase, en la que vida y satisfacción ya no tienen cabida en la misma frase. No digamos si esa vida, ya de por si insatisfactoria, ha alcanzado el nivel de la dependencia.

Es, por tanto, necesario seguir la pauta lanzada desde DMD y fomentar el debate sobre cómo morir dignamente en la vejez más allá de la Ley de Eutanasia. Ni que decir tiene que defender esta forma de muerte voluntaria no es un juicio de valor negativo sobre la vejez o los cuidados, sino una defensa de la libertad y de la pluralidad, del modo de cada persona de estar en el mundo y de irse de él.

Volvamos a la cuestión de cómo llamar a lo que proponemos, a esa nueva frontera hacia la que caminar. Hasta ahora, en el debate interno del movimiento por la muerte digna se han manejado dos expresiones: suicidio asistido por vida cumplida o suicidio lúcido de personas mayores, con el inconveniente de que ambas contienen la palabra suicidio, una palabra tabú en nuestra cultura y un fenómeno social  contra el que se lucha y se hacen campañas de prevención.

Si, como en la primera fórmula, a la palabra suicidio le añadimos asistido, acentuamos su oscuridad por no explicar qué significa en este contexto asistir, ni quién es el asistente. Tampoco queda claro si estamos hablando de un suicidio a cualquier edad, lo que no hace sino contaminar negativamente la propuesta.

Es razonable pensar que todas las personas desearíamos evitar el declive, la pérdida de potencias y capacidades inherente al proceso de envejecimiento. Es más, a todos nos gustaría evitar la dependencia y ser autónomos hasta el momento de la muerte. Pero, bien que lo sabemos, la vida no es así.

Manuel Vicent, el escritor valenciano, contaba ya hace tiempo que él querría morir tranquilamente en la playa, sentado en una mecedora y mirando al mar. ¿Quién no lo firmaría? Pero, también lo sabemos, la probabilidad de morir así es, desgraciadamente, muy baja.

El envejecimiento es un proceso complejo que abarca cambios biológicos, psicológicos y sociales. Ciertamente no es una enfermedad, sino una etapa natural de la vida. La experiencia del envejecimiento varía mucho entre las personas y depende de múltiples factores. Ese declive, la pérdida de fuerzas y recursos, el deterioro inherente a la vejez solo puede ser evaluado por quien lo vive.

La calidad deseable en el proceso de envejecimiento es, por tanto, una variable a establecer por cada individuo. Es personal e intransferible, como lo es la respuesta que cada uno puede y quiere dar a ese transitar por la vida. En el número 88 de la revista de DMD firmé un texto breve bajo el título No es necesario estar muriendo para tener derecho a morir en paz sobre la muerte por propia voluntad de Jean-Luc Godard, el reconocido director cinematográfico, a los 91 años. Godard no estaba enfermo, sencillamente estaba agotado y había decidido lúcidamente poner punto final a su vida.

Ese fue también el argumento de Jacqueline Jencquel, profesora y activista de la asociación francesa por la muerte digna, citada en ese mismo artículo. Murió con 78 años sin padecer enfermedad alguna, simplemente porque no quería vivir más. Puso fin a su vida ejerciendo su derecho a lo que ella definía como la interrupción voluntaria de la vejez, expresión que mejor que ninguna ilustra aquello por lo que tenemos que luchar y que tan claramente resume Jencquel con sus palabras: «No quiero estar ya muriéndome para tener derecho a morir. Soy vieja pero todavía lúcida y capaz de discernir».

Imagen: José Tomás Rojas (DMD Valencia).

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